martes, 6 de enero de 2009

Consideraciones acerca de una caja de canicas


Me ocurrió el otro día. Al revolver en la habitación de mi hijo encontré una cajita llena de grandes canicas de cristal. Al cogerlas y hacerlas sonar unas con otras entre las manos recordé (como quien recuerda una entrañable melodía) aquella vieja historia, mitad mitología, mitad ciencia o quizá ni una cosa ni la otra, La música de las esferas” . Días atrás, escuché en la radio un tema del músico Mike Oldfield de uno de sus últimos discos, creo, "Music of the spheres ". Casi por puro metaforismo resonante será que, con el sonajero de canicas me vino a la mente aquella idea sobre la que tanto divagaron los filósofos astrónomos ( o astrónomos filósofos) de la antigüedad clásica y que, desde distintas disciplinas, pudo encandilar después a tantos otros. Me puse a navegar por aquí y allá y me enteré y maravillé con algunas cosas cuanto menos, curiosas.

El cosmos entendido como esa entidad siempre presente, inabarcable, misteriosa y creadora , desde el principio de los tiempos ha generado en los seres humanos admiración, miedos y temores. Y a partir de éstos, el germen de importantes religiones y mitologías en todos los rincones del mundo. Puede resulta paradójico en este siglo XXI marcado por el ciberespacio -ultrainformado, megacomunicado y lleno de importantes avances científicos y tecnológicos- hablar ahora de estas viejas, desorbitadas y míticas historias por las que nuestros antepasados, desde los tiempos prehistóricos hasta hace bien poco y por mediación de distintos saberes, mitos o ritos, intentaban dar una explicación plausible (matemática, mítica u onírica) del mundo y al papel de ellos mismos como seres con conciencia y pobladores insignificantes del vasto universo. Aunque , según recientes investigaciones, no estaban tan "desorbitadas" : en 2004, la misma NASA descubrió las primeras evidencias puramente científicas de esta teoría de la "música de las esferas". Su satélite TRACE, enviado en 1998, para estudiar las tormentas solares, descubrió "sonidos solares" que a intervalos periódicos originaban unos ultrasonidos característicos y contantes en su atmósfera.



Alguien dijo algo así como que los mitos son sueños públicos y los sueños, mitos privados. Lo cierto es que me vi recordando ( o tal vez soñando) lo que contaban aquellos escolares libros de historia sobre la Edad Media, eso de que fue un tiempo de calamidades, supersticiones, oscurantismo, invasiones, cruzadas, caballeros, cuestiones de honor y encarnizadas batallas feudales. Un tiempo “medio”, dormido o de transición entre el esplendor de la época clásica y el despertar del incipiente Renacimiento. Un tiempo de búsquedas, contradicciones y misterios (¿hay algún tiempo que no lo sea o que no los tenga? En el fondo ¿ No vivimos en una permanente “edad media”, en un permanente estado de transición o de metamorfosis?).

Es moneda común el pensar que en el bajo medievo se tenía la generalizada y antigua concepción de que la tierra era plana como un plato, rodeada de infinitos océanos llenos de abominables peligros y surcado por monstruosidades marinas (imágenes que avivaban la desbordante imaginación de los exquisitos monjes ilustradores de los códices medievales) que disuadían a quienes osaran aventurarse más allá de los confines del mundo conocido. Una concepción que situaba en el centro mismo (¿casualidad?) a la tierra santa, centro “indiscutible” de la cristiandad y la luz . Evidentemente, conforme te alejabas de su radio de protección “divina” llegaban las tinieblas, el peligro, el pecado y el consiguiente castigo (concepción redentora que algunos de nuestros más recientes y poderosos dignatarios políticos aún se han empeñado en reeditar: Bush y su iluminada “cruzada” contra el “Eje del mal” personificado en Irak, por ejemplo ). Tiempos difíciles en donde la ciencia se topó con un verdadero mar de intolerancia que alimentó de libros y carne humana más de una hoguera en la tierra firme de la vieja y enloquecida Europa.

Debo volver a las canicas de mi hijo, a las esferas y a la música cristalina de las esferas. En verdad, en la Edad Media (pongamos que entre los siglos XII y XIII) eran corrientes dos conceptos distintos sobre la Tierra y el Universo. Por un lado estaba la concepción oficial (avalada y divulgada por la Biblia) de que la Tierra era plana y otra, la concepción más considerada ( por cierto, no sé si se han parado a pensarlo, “con-siderar”, significa literalmente “hablar con las estrellas”) y culta heredada de los antiguos griegos, según la cual la Tierra no era plana, sino una esfera sólida estacionada en el centro de una especie de caja china de siete esferas-canicas transparentes, en cada una de las cuales se hallaba un planeta: la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter y Saturno. Planetas que además, dieron nombres a nuestros actuales días de la semana y a las más variopintas y contradictorias divinidades y mitologías de la antigüedad grecorromana, que revestidas de otros ropajes, han sobrevivido con buena salud -a través del arte y la literatura- hasta nuestros días.

Para los pitagóricos, los tonos emitidos por los planetas conocidos dependían de las proporciones aritméticas de sus órbitas alrededor de la Tierra, de la misma forma que la longitud de las cuerdas de una lira determina sus tonos. Las esferas más cercanas producían tonos graves, que se agudizan a medida que la distancia aumenta. La cuestión es que cada una de estas siete esferas configuraban un sonido peculiar (que se correspondería en cierta forma con nuestra escala musical de siete notas) y que, en conjunto, componían una sublime y armónica música, la música de las esferas, la música del universo. Y además de las notas musicales (espacio-tiempo), cada planeta llevaba asociado un metal (materia). En el mismo orden que antes los nombré: plata, mercurio, cobre, oro, hierro, estaño y plomo. El alma que “descendía de los cielos” para “nacer” en la tierra debía pasar por cada una de las esferas , “empaparse” de las cualidades de dichos metales-planetas y "sintonizar" con la música que emana de todos y cada uno de los planetas. En cada uno de nosotros debían sonar esta música sideral y habitar todas las materias y todas las almas del Universo. No en vano fue el gran astrónomo Kepler el que aseguró que existían velocidades angulares en cada planeta que producían sonidos, y que un astro emite un sonido más agudo cuanto más rápido es su movimiento, lo que origina intervalos musicales definidos. Pero Kepler fue más allá e incluso compuso seis temas (uno por cada planeta conocido entonces del sistema solar).

Es por ello que bajo esta visión cosmogónica, las distintas Artes - pero sobre todo la Música- se consideraban en la Edad Media (como lo había sido con anterioridad en la antigüedad clásica) el vehículo adecuado para “sintonizar” con las ocultas armonías de la “banda sonora original” del universo (la música de las esferas), de las cuales nos distraían los numerosos e inevitables asuntos y “ruidos” mundanos. De hecho, en la Edad Media las siete ramas del conocimiento estaban asociadas de una forma o de otra a dichas esferas. Por lo que he podido averiguar son éstas: Gramática, Retórica, Lógica, Aritmética, Música, Geometría y Astronomía. Las tres primeras recibían el nombre de “trivium” y las cuatro restantes “quadrivium”.

La impresionante capacidad fagocitadora del cristianismo transmutó (como hizo con otros muchos) el concepto mítico de este primigenio “orden celestial” griego por una rígida jerarquía social en la tierra marcada por los distintos estamentos y dignatarios de la iglesia, desde el atemorizado y pobre fiel hasta el lujo y la corte de la máxima autoridad papal colocada en su elevado trono (Santa Sede) y ataviada con deslumbrantes vestiduras, configurando toda un ritual y una escenografía (iglesias y catedrales) destinada a reproducir (y de paso, inducir de cara a los fieles) ese orden del universo personificado en la figura de un solo “dios universal” al que rinden pleitesía los sonidos hipnóticos de las campanas, los cánticos y los armónicos coros que sustituyen en tierra a la música profana de las esferas. El resto de la historia ya la conocemos, mientras tanto hago sonar la caja de canicas para intentar escuchar otra vez, aunque sea metafóricamente y en miniatura, la música de las esferas. Toda vez que no encuentro disponible ningún tema del mencionado trabado de Oldfield, me conformo con cerrar el post con un vídeo de el estreno oficial del álbum en el Museo
Gugghenheim de Bilbao acompañado por la Orquesta Sinfónica de Euskadi en el pasado mes de Marzo y que además cuenta con algunos comentarios del propio artista y otras personas.



Y no me resisto a dejar un fragmento de su emblemático y famoso trabajo"Tubular Bells".

4 comentarios:

Olga A. de Linares dijo...

¡Bellísima música, Manuel! Oldfield es uno de mis favoritos, gracias por compartir este instante de puro placer

Manuel dijo...

Muchísimas gracias Olga.Encantado estoy de compartir esos instantes y los que tengan que venir. Aprovecho este comentario para agradecerte tu generosa participación en los distintos post en dónde has dejado tus siempre afectuosas palabras . Al igual que tú aunque por distintas razones, llevaba algún tiempo "desaparecido" del Mini. He podido saber que has tenido problemas de salud y celebro que hayas tenido una pronta y buena recuperación. Ya has visto como te echamos de menos por allí. Un cordial saludo y nuevamente, gracias.Nos leemos.

Nanny Ogg dijo...

Mira por donde, resulta que mi post sobre la canica tenía un trasfondo mítico que yo desconocía hasta que he leído este post tuyo. ¿No es fascinante hasta dónde nos puede conducir una humilde canica? :)

Besos

Manuel dijo...

Así es Nanny. Hasta las cosas mas simples pueden producir el mayor de los asombros si somos capaces de verlas, apreciarlas o interpretarlas de una forma distinta a la habitual. Y Gracias por pasarte por aquí. Saludos insulares.