sábado, 28 de agosto de 2010

Las Fridas de Frida Kahlo


-“Baja Diego, que quiero enseñarte algo”.
Con estas incisivas palabras se inicia una de las “relaciones artísticas” más turbulentas, que más  ríos de tinta y  cientos de metros de celuloide documental han hecho correr. Estamos en 1928, una joven, atractiva  y decidida Frida Kahlo se dirige al pie del andamio donde el gran muralista mexicano Diego de Rivera estaba trabajando en unos de sus encargos para la Secretaría de Educación. Llevaba bajo el brazo un hatillo con varias obras suyas y cuando éste bajó entre perplejo y admirado por la insolencia con que se presentó esa menuda y frágil mujer, le espeta: -“Dime pronto si te parecen buenas, porque yo tengo que trabajar para vivir"- ( lo que en honor a la verdad, no era del todo cierto, ya que ella provenía de una familia pudiente, pero que utilizó como un dardo envenenado para apelar a la sensibilidad y espíritu proletario del muralista, fiel a los principios de la revolución mexicana). Un par de años antes, el 17 de septiembre de 1926, sufre un terrible accidente, cuando viajando en un autobús este es colisionado por un tranvía. El resultado fue rotura de la columna vertebral en tres sitios, así como la clavícula, tres costillas, la pierna y el pie derecho. Un tubo le atraviesa la cadera hasta el sexo produciéndole una triple fractura de la pelvis que le impediría tener hijos. Ese accidente la marcaría para toda su vida, habiendo sido su manantial de horrores físicos , abortos y en muchos momentos, origen de la tragedia reflejada en su obra artística y a título póstumo, de su leyenda.


"La columna rota" (1944)

Hasta aquí una historia mil veces contada, en cientos de biografías y más recientemente, en películas y documentales. Los artistas interesan más cuando sus vidas o bien son excéntricas o son dramas o acaban en pasiones desatadas. Siempre ha existido un particular interés en asociar el genio y la creatividad artística con algún tipo de excentricidad, culebrón pasional, minusvalía física o enfermedad patológica. Un caso de todos conocido es el de Van Gogh (genio atormentado, locura), pero también tenemos a Goya (Sordera), Toulouse-Lautrec (deformación física), Jackson Pollock (tormentos pasionales, alcoholismo, muerte violenta, etc), Caravaggio ( vida pendenciera, supuesta homosexualidad ), Modigliani (romanticismo, muerte pasional) , Picasso (egoísta, genio, mujeriego) y un variopinto elenco de músicos y escritores de ambos sexos que han visto sus vidas y miserias historiadas, noveladas y en muchas ocasiones, reinventadas y edulcoradas de romanticismo de cara a la galería (de cine). Pienso en el biopic sobre Van Gogh “El loco del pelo rojo” de V. Minelli, por ejemplo.

Pero, al igual que sucede con la obra de los anteriores artistas, muchas veces es la propia obra artística la gran desconocida, eclipsada por el peso de las grandilocuentes y a veces, excesivamente mitificadas biografías. En las obras de los propios artistas están muchas de las respuestas, pero también muchas preguntas que - a través de su arte- nos lanzan, por lo que cada cual debe recoger el testigo y responderse a sí mismo, en la medida que sea capaz de considerar que a través del arte todavía podemos aprender mucho acerca de las personas y del mundo. Así que volvamos a la obra de Frida Kahlo. Y dentro de su obra , a sus muchos y sorprendentes autorretratos, el eje vertebral de casi toda su producción.

Autorretrato "Venadito" (1946)

Muchos artistas han utilizado este género (el autorretrato) para dar una particular e interesada imagen de sí mismos, de su estatus y del arte en general, aparte de ser un “modelo” barato y asequible cuando no se disponía de otros medios. Ya lo hicieron Durero, Rembrant, Goya, Van Gogh, Picasso y tantos otros artistas. Y también lo hizo Frida Kahlo. A través del autorretrato va construyendo distintas imágenes de sí misma, todas ellas con una fuerte significación simbólica y psicológica. Fue precisamente durante su convalecencia después del grave accidente, cuando comienza a pintar. Sus primeros retratos son convencionales y un tanto oscuros. Cuando ella misma se retrata aparece como una mujer totalmente distinta a la Frida de rasgos indígenas que estamos acostumbrados a ver: nos aparece sofisticada, con el pelo recogido hacia atrás, en pose lánguida más propia de los años 20 como podemos ver en algunas de sus fotografías. Algunos de estos rasgos quedarán minimizados o ignorados en sus posteriores autorretratos, tales con su tez pálida , sus delicadas manos o la finura de su cuello. Sus ojos oscuros y largas cejas permanecerán como rasgo más distintivo. Algunas historiadoras sostienen que el cambio radical en su imagen fue a raíz de su encuentro y matrimonio con Diego de Rivera .

Comenta la historiadora Hayden Herrera que a “Rivera le gustaba subrayar el linaje y aspecto indio de Frida, ensalzándola como autentica, primitiva”.Lo cierto es que sea por la influencia “indigenista” de Rivera o por esa búsqueda de la identidad personal como mujer y como artista a través del retrato, Frida empieza a forjar una nueva imagen de sí misma, más próxima a la imagen que estamos acostumbrados a ver en los catálogos, exposiciones, etc. Vemos a una mujer que ahora lleva suelta la cabellera, revuelta sobre la cara o constreñida por grandes moños, trenza o tirantes coletas, como metáfora quizá de su esfuerzo por controlar su arisca naturaleza y como sacrificio para despertar la admiración y el amor en su pareja.




Perseguía en esta “pose” tanto la revitalización de la cultura tradicional precolombina y el arte popular mexicano tras la Revolución como esa opción social de identificación con su pueblo, con sus raíces, con su propia y rica cultura y tradiciones populares, que por entonces fascinaba a muchos artistas europeos, especialmente a los surrealistas que peregrinaron en masa a México en busca de inspiración y reencuentro con formas de arte y de vida “no contaminadas” que creyeron hallar en las ricas creencias , tradiciones y muestras de arte del México prehispánico. Un apunte: 1938 es el año en que llega a México André Breton, con una mirada predispuesta a encontrar ( a “descubrir”) el surrealismo en este país, y con Frida no es la excepción; inmediatamente la circunscribe como parte de la esencia del movimiento surrealista y le escribe el ensayo "Un listón de seda alrededor de una bomba" en referencia a su tormentosa relación matrimonial y artística con Diego de Rivera .Esta etiqueta de surrealista a la obra de Frida Kahlo, es una de las 'equivocaciones' que se han continuado entre el público masivo con respecto a su clasificación y entendimiento, baste citar sus propias palabras: "...pensaron que yo era surrealista, pero no lo fui. Nunca pinté mis sueños, sólo pinté mi propia realidad".

En este contexto de efervescencia cultural que se vivía en su país y la admiración que despertaba en el extranjero, especialmente en Estado Unidos, Frida empieza a arreglarse y vestirse con el traje popular mexicano, especialmente de la provincia de Tehuana, donde estaban sus raíces. Esta imagen se consolida a lo largo de su convivencia con Rivera, pero que adquiere una especial significación tras su divorcio. Es precisamente a partir de ese momento cuando Frida se hace acompañar en sus autorretratos de una peculiar serie de compañeros: esqueletos, sus sobrinos, una hermana gemela ( “Las dos Fridas”) y ciertos animales o mascotas. De esas últimas podemos resaltar el especial protagonismo de los monos. Estos aparecen en algunos de sus cuadros abrazándola como amigos íntimos. El simbolismo de los monos aparece con cierta frecuencia en las representaciones artísticas. En el Renacimiento, por ejemplo, su imagen o presencia estaba asociado a la promiscuidad y la lujuria. Quien esté familiarizado con el arte quizá recuerde una gran obra del pintor puntillista Seurat “Una tarde en la Grand Jatte”, donde una mujer (dicen algunos que posiblemente se trate de una prostituta) aparece paseando a un mono. En la obra de Frida sería fácil recurrir a la consabida infidelidad de Rivera que en cierta forma propició el divorcio de la pareja o en la actitud de la propia Khalo, que en público reaccionaba mostrándose provocativa con hombres o mujeres, teniendo parejas y amantes de ambos sexos. Pero también es posible que como ella reconocía, no consideraba su obra surrealista sino que era el reflejo de su propia vida, por lo que la presencia de los monos, mas allá de todo simbolismo plausible, responde a un hecho cotidiano y real: sus mascotas. En su casa había muchos animales de mascotas. También monos. Especialmente uno al que Frida tenía un especial cariño por ser un regalo de Diego y que se llamaba “Caimito de Guayabal”.

Otros animales también hacen acto de presencia en algunos de sus cuadros. Por ejemplo, el gato negro. Si echemos manos al simbolismo de este animal encontraremos claras vinculaciones con los poderes nocturnos, la luna, el misterio de la oscuridad, supersticiones, etc. Por otro lado, en Egipto, era un animal consagrado a Bast, deidad protectora del matrimonio. Pero nuevamente esta interpretación quizá sea rebuscada, siendo más lógico asociar al animal con una mascota cercana o con la tradicional imagen supersticiosa de la “mala suerte” que lleva asociada en nuestra cultura occidental.
De la misma manera podemos interpretar la presencia de perros en otros cuadros, como alusión directa a la fidelidad o a su ausencia. O también como reflejo del entorno doméstico con sus mascotas, sin más.
Y podría continuar con muchos otros símbolos presentes en las obras de Frida Khalo, pero sería ya prolongar en exceso este post. Siempre es mejor dejar con ganas de más.Cierro con un fragmento de un documental con música del grupo pop mexicano Café Tacuba, que me encanta

1 comentario:

Linda Susan dijo...

Era una yo una jovencita cuando me quedé prendada de esta mujer por su diario y su valentía. Me ha encantado Manu. Un beso