martes, 25 de agosto de 2009

Mapas

Facsímil del segundo atlas catalán, de Jafudá Cresques, 1389

Hubo un tiempo ( de cruzadas, encubrimientos y descubrimientos ) en el que se pregonaba a los cuatro vientos aquello de que la fé movía montañas. Y al mismo tiempo, entre tanto ejercicio espiritual y tanto movimiento tectónico-teológico, los cartógrafos se desesperaban por no poder trazar un mapa fiable y definitivo de la compleja y agitada geografía humana. Y es que los mapas no sólo eran dibujos minuciosos de la piel del mundo sino que suponían para el esforzado cartógrafo la ardua tarea de representar el mundo conocido y gran parte de nuestra condición humana sobre un pliego de papel.

Especialmente, desde la cosmovisión que dieron lugar al tipo de mapas que los cartógrafos crearon en la época de los grandes descubrimientos: las ideas religiosas, la percepción del espacio, la exotización y fantaseo de lo ajeno, la monstruosidad y demonización de lo desconocido, los valores sociales o las categorías culturales. Para ello recopilaban cuanta información pudieran recabar de marinos, viajeros y comerciantes para anotarlas con la mayor precisión científica sobre sus cartografías aunque -con clara herencia del Medievo- no renunciaron a dar rienda suelta a la imaginación más desbordante a la hora de incluir extrañas criaturas y monstruos fantásticos, sobre todo en el ámbito de la "terra incognita" y el mar tenebroso, como estos que aparecen más abajo


Cierto que muchos mapas dieron nombre y forma a nuevos continentes y lugares, pero no menos cierto que supusieron de hecho ( y "por derecho" divino autoadjudicado) la desaparición de muchas culturas, de nombres ancestrales que los lugareños y nativos asignaron a sus tierras, lugares, animales, ríos o montañas , dando paso a nuevos topónimos , que a falta de imaginación, calcaron o copiaron del viejo continente: Cartagena de Indias, Nueva Gales del Sur, Nueva Jersey, Nueva Orleans, Nueva York, .....

Muchos mapas se dibujaron (o mejor dicho, se "tatuaron") con la sangre indígena de los pueblos sometidos a sus conquistadores. En definitiva, un mapa era una piel curtida por mil batallas, la feaciente prueba y el documento de una conquista, de una extirpación y de una apropiación. Nunca mejor dicho, el conocimiento -como la tinta del tatuaje- con sangre entra. Tal vez sea por eso que al contemplar algunos de aquellos primeros mapamundis de las nuevas tierras "conquistadas", no sólo vea ríos o cordilleras, sino también la piel de viejas historias, guerras, montañas de dramas y ríos de sangre. No en vano decía el gran cartógrafo flamenco Mercator que los mapas son "los ojos de la historia".


Planisferio realizado por Rumold Mercator, hijo de Geraldus Mercator, 1587

Y todo esto lo cuento porque ya no logro ver nada de nada en los precisos mapas modernos. Porque son mapas sin historias, sólo un revoltillo de venillas de colores para los coches y miles de puntitos con nombres de pueblos y ciudades que posiblemente nunca conozcamos. Hace algunos días compré un mapa de carreteras en una gasolinera , porque en algún momento me desvié de mi ruta , me perdí y acabé tomando un café en un polígono industrial de Miajadas, un pueblo , que de estar marcado en uno de aquellos viejos mapas, aparecería con un gran punto rojo con la forma de un tomate en algún lugar de las tierras de Cáceres ( tierra de conquistadores donde las haya). De hecho, un descomunal monumento al tomate nos da la bienvenida a la entrada del pueblo:



(Las ilustraciones sobre cartografía del post están extraidas de esta página sobre la Historia de la cartografía y de la Wikipedia)