Recordando mis tiempos de aprendiz (que por cierto, nunca he dejado de serlo) en la decimonónica - y por otro lado efervescente- Escuela de Bellas Artes de Sevilla de los primeros años 80, recuerdo aquellas tardes en las que, resignado, tenía que ir a pintar -caballete y maletin en mano- a parques, plazas y jardines para la asignatura llamada de "paisaje", a luchar con el "motivo" y contra elementos, humanos (profesorado incluido) y naturales (viento, lluvia, etc.). Una vez, una tarde de mucho vendaval, uno de mis lienzos se soltó de las agarraderas del caballete y se fué literalmente rodando por una concurrida plaza hasta estamparse en los pantalones de un infortunado transeunte. Huelga decir que la pintura estaba fresca...y me quedó un bello cuadro abstracto. En definitiva, nunca me gustó la pintura de caballete y menos al aire líbre, aunque respeto a quienes honestamente la ejercen.
Anécdotas muchas, de transeuntes que con mejor o peor intención se permitían opinar sobre el lienzo que estabas pintando, que si esos colores, que si esas manchas, que si nadie pinta como antes, que si el gran Murillo, que si bla, bla, bla. Incluso había quienes, indignados que a su Giralda la llenasen de colorines, se atrevían a cogerte el pincel y dar unos "toques" aquí y allá. "¿Ves, hay que valorar el tono de la piedra con una grisalla, ¿Dónde ves esos naranjas y azules, por dios , que no estamos en carnaval? etc, etc..." Y uno , resignado o malévolo, se dejaba hacer...
Recién se apartaba el "corrector" espontáneo (a veces, también en la figura de mi profesor) y se iba contento con su "gran" obra, borraba su insulsa grisalla y ponía de nuevo mi flamante amarillo indio en las luces, mi toque de mediterráneo azul ultramar en las sombras. Y si recuerdo todo esto aquí y ahora es porque no hace mucho releyendo un pasaje de "Avant et Après" del "salvaje" Gauguin, me encuentro con esta oportuna y parecida anécdota acaecida tiempo ha al gran y viejo maestro Cézanne, que no tiene desperdicio, sobre todo al final, ya se pueden imaginar:
La genial y escato(lógica) respuesta de Cézanne bien sería digna de un maestro Zen. Y a tener en cuenta cada vez que uno inicie discusiones filisteas sobre problemas de arte que se plantean mal desde el principio y acaban peor. Así que, para terminar y redondear el post que comenzaba con la majestuosa montaña de St. Victoria en la Provenza francesa, lo termino con otra montaña de arte, que será vista e inmortalizada como la montaña de Hokusai (inspirador por cierto de más un pintor impresionista y habitante de lujo en mi museo imaginario): el venerado Monte Fuji...Lo dicho ¡ qué alivio !
Anécdotas muchas, de transeuntes que con mejor o peor intención se permitían opinar sobre el lienzo que estabas pintando, que si esos colores, que si esas manchas, que si nadie pinta como antes, que si el gran Murillo, que si bla, bla, bla. Incluso había quienes, indignados que a su Giralda la llenasen de colorines, se atrevían a cogerte el pincel y dar unos "toques" aquí y allá. "¿Ves, hay que valorar el tono de la piedra con una grisalla, ¿Dónde ves esos naranjas y azules, por dios , que no estamos en carnaval? etc, etc..." Y uno , resignado o malévolo, se dejaba hacer...
Recién se apartaba el "corrector" espontáneo (a veces, también en la figura de mi profesor) y se iba contento con su "gran" obra, borraba su insulsa grisalla y ponía de nuevo mi flamante amarillo indio en las luces, mi toque de mediterráneo azul ultramar en las sombras. Y si recuerdo todo esto aquí y ahora es porque no hace mucho releyendo un pasaje de "Avant et Après" del "salvaje" Gauguin, me encuentro con esta oportuna y parecida anécdota acaecida tiempo ha al gran y viejo maestro Cézanne, que no tiene desperdicio, sobre todo al final, ya se pueden imaginar:
"Cézanne está pintando un paisaje rutilante; fondos ultramar, verdes fuertes, ocres que resplandecen; los árboles se alinean, las ramas se entrelazan pero dejan ver no obstante la casa de su amigo Zola [...]. Está en el Médan.
Pretencioso, el horrorizado paseante contempla lo que considera una lamentable mezcolanza de amateaur y, sonriendo profesoral , le dice a Cézanne:
- Usted pinta.
- Desde luego, pero no mucho...
- Ah ! ya lo veo; yo soy un antiguo alumno de Corot y, si me permite, con unos toquecitos mañosos le pongo todo esto en su sitio. Los valores, los valores...no hay nada más...
Y el vándalo reparte impúdicamente sus tonterías por el magnífico lienzo. Grises sucios cubren las sedas orientales.
Cézanne exclama:
- Monsieur, tiene usted suerte, me imagino que cuando pinta usted un retrato le pone el mismo brillo a la punta de la nariz que a la pata de una silla.
Cézanne recupera la paleta, rasca con un cuchillo toda la basura de Monsieur.
Y, tras un momento de silencio, se tira un pedo formidable y volviéndose hacia Monsieur, dice:
¡Ah, qué alivio ! "
La genial y escato(lógica) respuesta de Cézanne bien sería digna de un maestro Zen. Y a tener en cuenta cada vez que uno inicie discusiones filisteas sobre problemas de arte que se plantean mal desde el principio y acaban peor. Así que, para terminar y redondear el post que comenzaba con la majestuosa montaña de St. Victoria en la Provenza francesa, lo termino con otra montaña de arte, que será vista e inmortalizada como la montaña de Hokusai (inspirador por cierto de más un pintor impresionista y habitante de lujo en mi museo imaginario): el venerado Monte Fuji...Lo dicho ¡ qué alivio !





.jpg)


