
( a Manuel, “Obi”, mi amigo de la infancia, in memoriam)
Como nuestros recuerdos, esto que sucede es un post hecho a base de retales, de discontinuidades. Y por tanto confuso y sin saber qué va a pasar. Como cuando aparecen en el horizonte esos cielos que, de repente, se nublan, llueve y sale el sol , todo a la vez. Destellos de flashback que viajan por igual a la velocidad de la luz que de las sombras. Y miro por la ventanilla y pienso que tal vez, las sombras de la duda sean más alargadas al atardecer. No lo he dicho: voy conduciendo. Ahora no, ahora escribo. Iba conduciendo esta tarde. Ida y vuelta. Mentalmente estoy conduciendo un coche, dirigiéndome al pueblo y dirigiendo el curso de estas palabras que ignoro a dónde me conducirán por ahora. Uno las va colgando como clavitos con urgencia sobre el teclado para que las ideas no escapen o se fundan como un bloque de hielo, como colgamos cuadritos en una habitación. Sólo que esta habitación no tiene paredes. Parezco oír las campanas que redoblan con esa candencia de tristeza acumulada de siglos que tienen las viejas campanas de bronce. Veo a las cigüeñas que crotoran sobre el inmenso reloj ajeno al drama que casi cada tarde de entierro se oficia unas decenas de metros más abajo, a ras de suelo. Pero aun voy en camino… está sucediendo.Normalmente conducir de forma monótona y silenciosa, en la soledad de chapa y cristal y con el ruido de fondo del runrún del motor, propicia esa latencia, esa crónica de instantes fugaces que desfilan por tu mente a la misma velocidad que los bajos del coche engullen las líneas blancas de la mediana , a la misma velocidad con que los nuevos paisajes dejan paso a los anteriores. Aún así realizas toda suerte de actos físicos, mecánicos y controlados como has hecho ya muchas veces. Abres sin saber por qué la ventanilla, notas que hace frío y que el ruido y el aire entra en tromba en el interior. La vuelves a subir. Sintonizas una emisora y al momento la vuelves a cambiar. No te interesa ahora. No encuentras la banda sonora adecuada a la película que transcurre en tu interior. Un coche que se desplaza a la velocidad de tu pensamiento es unos de esos escasos lugares del mundo donde uno tiene derecho a poner orden en su madeja vital.Ya sé, normalmente no piensas estas cosas. Normalmente no. Vas, vienes y ya está. Es un hecho. Pero hoy no es un día normal. Es un día de la vida, de la vida real que discurre como delgada línea entre la vida y la muerte. De esa misma vida que cuando eras más joven siempre pensabas que podías aplazar para el día siguiente, el mes siguiente, el año siguiente. Siempre era un proyecto que debías aplazar en aras del presente. Ahora la autopista pasa por un viejo pinar. Antes era más grande, al menos uno siempre tiene ese recuerdo. Y pienso que allí solíamos acudir mi amigo Obi y yo, cuando inquietos estudiantes, cuando esas incipientes y ansiosas primeras caladas de tabaco, cuando nos hacíamos preguntas y buscábamos en los libros respuestas. Allí, con la brisa de los pinos como testigos trazábamos planes de futuro. ¿Te acuerdas? Me dijiste que querías ser escritor. Y bien que escribías, entonces.Leíamos con pasión las teorías de Bakunin o Kropotkin. Divagábamos sobre Hesse o sobre Kafka, con esos populares y multisubrayados libros de bolsillo Alianza Editorial con las surrealistas portadas blancas de Daniel Gil, que parecían cuadros metáfísicos de De Chirico. Claro que entonces yo no lo sabía…Otro flashback. Especialmente nos dejó impresionados la lectura de “La Metamorfosis” de Kafka. Muchos años después volví a leer la novelita e incluso realicé una exposición inspirada en ella llamada “las Mutaciones”. Tal vez la vieras, Obi. No me acuerdo. En aquel tiempo ya nos distanciamos. No sabíamos mucho el uno del otro. Debe ser que los recuerdos importantes sólo transcurren los primeros 20 o 30 años de tu vida, el resto se escurre como arena de playa, como anguila en un cubo, como un sueño en la mañana . Ahora pienso otra vez en el pobre Gregor Samsa, ese conciencia enorme aprisionada en un ser crustáceo. Y pienso que todos somos un poco crustáceos que construimos caparazones de ciudades y casas llenas de cosas que nos aprisionan pero sin las cuales nos sentimos vulnerables y blandos. Pieles, ropas, casas, ciudades y cosas que nos cubren y que de tarde en tarde mudamos, como las serpientes. Voy llegando a mi destino y parece que entran en erupción esos recuerdos. Intentando fijar los momentos , los flashbacks y sintiendo la mente como una balsa de aceite en el agua, a la deriva, flotando, me viene a la memoria un tanka de Takuboku
Encendí una cerilla
y por los tres palmos
que dio de luz,
volando cruzó
un bichito blanco.
Lo que vino después. Un tiempo de aguas que decanta las cosas. Elegimos nuestro camino, nuestro destino. Cada cual el suyo. Ni mejor ni peor, el suyo. Comienza ( otra vez) a llover y el limpiaparabrisas sacude con desgana las gotas que caen.Chirría. Hace ruido porque está gastado. Una tarde gris, plomiza y adecuada al momento, llegando al pueblo .Aparco. Ya escucho esas campanas…